El 18 de marzo del 1861, fecha luctuosa que repercutió intensamente en el corazón del pueblo dominicano y cubrió con fúnebres crespones las rutilantes páginas de la historia de uno de sus héroes más preclaro, tubo efecto en la capital de la república el sacrilegio político que se llamó La Anexión.
El 23 de del mismo mes lo fue en Moca por Bernardo Reyes, ayudante de plaza del General Juan Suero, comandante de Armas, quien no quiso concurrir a la humillante ceremonia.
Ya en esa época el pueblo dominicano tenia un alto concepto de su libertad y una comprensión bastante elevada de sus derechos. El el lo había defendido en cien combates contra los haitianos, contra los dominicanos mismos, contra los tiranos.
Se ignora precisamente delo que se trataba; pero algo inquietante, funesto y pavoroso flotaba en el ambiente de aquella mañana. Automáticamente los campos se habían quedado desiertos y su población se había concentrado las calles y plazas adyacentes de la Villa Heroica, congestionandolas en casi toda su extensión.
A las 9 en punto, Don Bernardo Reyes hizo formar la pequeña guarnición frente a la Comandancia de Armas. Con voz trémula y balbuciente habló a la multitud de la anexión a España y de cómo Santo Domingo , la joya preferida del gran nauta, volvía a ser protegida y favorecida por aquella bandera que se izaba en aquel momento de remplazo del pabellón cruzado, que desendia lento, pobre y menesteroso, aparentemente huérfano del cariño de aquellos dominicanos que lo habían flamear alto, muy alto, como estrella gloriosa en el cielo de la patria.
Momento de estupor, de infinita consternación! La multitud se dispersó pensativa y cabizbaja.
José Contreras bajó como un sonámbulo, dando tras pies, la cuesta de “Rafén” (actual calle Antonio de la Maza) y se detuvo en una casa de Juan Lopito donde su hijo José. Contreras lloró al ver su patria vendidas al igual que muchos dominicanos.
Mientras se dirigía a Guaucí, se le unieron en el camino José Ma. Rodriguez, José Inocensio Reyes y Cayetano Germosén, que al igual que el sentían una profunda pérdida de libertad.
Amanecía el 2 de mayo del 1861, medio oculto en las sombra del amanecer no disipadas todavía un negro de recia contextura con una guerrera fuerte azul, llamado Antonio Pasicá, natural de paso de Moca, agazapado de tras de la esquiva de don José Lora, oteaba la calle independencia aguardando que se abriera las tiendas de comercio.
¿Hay piedras de chispas?
-sí, le contestó Doña Juana, admirada que a esa hora se le solicitara aquella mercancía.
¿Cuántas da usted por un real?
-cinco
¿Puede usted venderme doscientas?
-Claro que sí
Pasicá pagó el valor de las piedras y desapareció súbitamente.
Instante después penetraba en la tienda de Don José Ma. Pichardo, y su esposa sonriendo le dijo -He realizado un buen negocio; acabo de vender el muro más pesado que había en la tienda.
-¿Cuál?, le preguntó su esposo.
-Las piedras de chispas
El señor Pichardo dijo:
- Eso significa algo serio. Doscientas piedras de chispas...! Tiene que ser cosa grave.
Inmediatamente llamó un empleado y le ordenó trasladarse a paso de Moca y averiguar lo que pasaba.
Dos horas después volvió éste y refirió que en aquel lugar se estaba formando una tormenta. Que a orilla del río se había establecido un cantón capitaneado por el Coronel José Contreras; que se esperaba a José Ma. Rodríguez, a José Inocencio Reyes y a Cayetano Germosén, quienes debían incorporase con sendos grupos, agregando además que estaban mal armados con machetes, pistolas y carabinas en pequeña cantidad.
Enterado de lo que pasaba el Ayudante de Plaza, don Bernardo Reyes, presa de un pánico estupendo envió rápidamente a buscar al General Suero y retornó disimuladamente a Moca, donde se dedicó a organizar la resistencia para repeler el asalto con la arrogancia con que sabía hacerlo.
Los revolucionarios permanecieron todo el día ocupados en su preparativos de guerra, hasta las 9 de la noche, hora en que emprendieron la marcha sobre la plaza.
Llegados a la que hoy es la Av. “2 de mayo”, el General Contreras dividió la gente en tres grupos. El primero, a las ordenes de José Ma. Rodríguez, que debía penetrar en la población por la cuesta de “Rafén”; el segundo, a las ordenes de José Inocencio Reyes, que debía subir por la cuesta de Jacobo Lara, y el tercero , bajo las ordenes del mismo Coronel Contreras que, acompañado de Antonio Pasicá, debía penetrar por la subida de la paz y atacar de frente al cuartel, situado al lado norte de la plaza de Armas.
Al grito de “Viva la República”, el cuartel fue atacado con arrojo. La milicia que lo defendía , compuesta de 20 a 25 nativos, al mando del Capitán Santiago Capellán, se defendió con intrepidez. Menudearon las luchas cuerpo a cuerpo, los machetazos y los disparos a quemarropa. Antonio Pasicá, que desde el principio buscaba con ahincó al Capitán Capellán, logró localizarlo al fin y con un disparo de carabina lo derribó si vida.
Muerto el jefe y heridos varios soldados, el resto de la guarnición se desbandó, huyendo en dirección a la comandancia de Armas. Los asaltantes, después de posesionarse del cuartel, persiguieron a los vencidos hasta la comandancia. La lucha aquí tomo otro aspecto: en este lugar se encontraba el General Suero y había que pelear de firme contra el impertérrito caudillo.
En desagravio del amo se organizaron las consiguiente precauciones. Fueron reducidos a prisión José Contreras en su residencia de Juan Lopito, José Ma. Rodríguez en Estancia Nueva, José Inocencio Reyes, en Las Lagunas, Cayetano Germosén, en Boca Férrea. Este ultimo era persona de importancia, bastante acomodado, sabía leer y escribir y se encontraba a la sazón, administrando sus propiedades agrícolas. Esto patriotas, contra los cuales no se pudo formular cargos concretos y precisos, fueron encerrado en el almacén de don Ramón Guzmán, cercano a la comandancia. Pocos días después llegó Santana, se hospedó en la casa de Federico Salcedo y un ligero cambio de impresiones entre los jefes de su escolta, que se llamó enfáticamente Consejo de Guerra, condenó a los primeros mártires del movimiento separatista a ser pasados por las armas.
Marcharon al patíbulo con un humilde aspecto, alta la frente, sereno el corazón. Proyectiles homicidas destrozaron los cuerpos de aquellos mártires; pero la simiente había sido arrojada al surco, su sangre la fecundaría y la haría germinar lozanamente.
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